El síndrome del erudito ajetreado – La princesa Leonor estudiará bachillerato en Reino Unido

El sábado estuve en una comida con mi grupo de amigos. En un par de horas nos pusimos al día sobre nuestras vacaciones de Navidad y, entre risas y cervezas, Martín nos contó la lesión de su padre y cómo la trataron. Artroscopia de tobillo. Un procedimiento quirúrgico poco invasivo, dije yo, ante la mirada sorprendida de la mayoría, que suponían que mis conocimientos sobre cirugía debían ser nulos ¿Cómo sabes eso?
La realidad es que lo había visto en TikTok y contesté con cierta vergüenza. Una aplicación que alberga un popurrí de aficiones extravagantes, experiencias, consejos y datos curiosos no podría ser mi fuente.
Me aventuro a pensar que la mayoría conoce el funcionamiento de TikTok, pero, por prudencia, podría definir esta aplicación como un micrófono abierto en el que cualquiera que disponga de un móvil puede transmitir sus inquietudes y talentos.
No es difícil de entender su éxito. TikTok alcanzó los 1.000 millones de usuarios en el tercer trimestre de 2021 y se espera que alcance los 1.8 millones para fines de 2022, según el Informe de TikTok de 2022 realizado por Business of Apps. Se coloca en quinta posición en número de usuarios de aplicaciones sociales a nivel mundial.
Esto responde, nada más y nada menos, que a la necesidad humana de ser escuchados. Por naturaleza queremos que nuestra experiencia vital y nuestros logros sean observados por el resto. Ya sea con el fin de ayudar a otras personas, sentirnos comprendidos o, simplemente, validados por una comunidad. Una manera de hacer que nuestra presencia tenga algún cometido.
Todo parece funcionar bien. Una aplicación que permite a las personas compartir cualquier cuestión que deseen y un público, cada vez más amplio, que disfruta del nicho de contenido que le interesa. ¿Por qué entonces supone una traba confesar que se consume esta aplicación?
Se podría pensar, en un primer momento, que los vídeos de TikTok son contenido insignificante y superficial que no aporta nada más que diversión. Incluso siendo así, no descubrimos el entretenimiento ayer. Como suele decir mi madre cuando le increpo que deje el teléfono «cada uno malgasta su tiempo como quiere». Y es cierto.
Sin embargo, existen cada vez más creadores de contenido con la intención de divulgar cuestiones literarias, científicas, artísticas o especializadas en algún campo del saber. En definitiva, contenido cultural.
Ya sea mostrando su día a día padeciendo alguna enfermedad, enseñando ortografía y literatura o explicando las curiosidades de trabajos como el farmacéutico, la aplicación está llena de información que nos acerca a realidades particulares a las que no podríamos acceder de otro modo. Nos abre las puertas a puntos de vista de los que no éramos siquiera conscientes y nos demuestra que hay tantas variables en las vidas de las personas como personas existen. Sin embargo, esto tampoco parece servirles a algunos para quitarle la etiqueta negativa.
Y es que, en el fondo, el inconformismo que se materializa en la concepción tremendista de TikTok desvela una actitud que no nace necesariamente de esta aplicación, pero que refleja un nivel de elitismo actualizado. El odio irracional a determinados contenidos y plataformas que distan de la manera tradicional de entender la cultura. O simplemente, el sentimiento de superioridad que surge de condenar lo mayoritario y que acaba creando fanfarrones cazadores de brujas.
Se criminaliza lo informal, que parece no tener cabida en la cultura de verdad; el divertimento, que, por supuesto, debe supurar autodescubrimiento personal para ser respetable, y del propio tiempo de descanso, que más vale que sea productivo y eficiente.
La seguridad que ofrece nuestra zona de confort, es decir, nuestra correcta concepción de las cosas, se ve amenazada por la inmensa diversidad de contenidos y personas que desean hablar de ellos y a los que debemos aceptar. La reacción natural ante este peligro es el rechazo.
El tiempo es un recurso finito, no hay mucho que debatir al respecto. Y somos los responsables de gestionarlo adecuadamente, o, más bien, lo mejor que podamos. Quizá si acabamos invirtiéndolo todo en TikTok en vez de leyendo La deshumanización del Arte lo más sencillo sea condenar un contenido absurdo en vez de asumir lo absurdo de nuestro planteamiento.
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